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La Tlanchana Restaurante Bar
10º Aniversario
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La Tlanchana
Cuentan los ancianos de mi pueblo que en los límites de Metepec, hacia el oriente, existió hace muchos años una región acuática maravillosa conocida por los antigüos hombres de las redes (matlatzincas) como “las nueve aguas”. Honraban estos hombres a dos divinidades principales : Opuchtli, patrono de los que vivían al borde del agua, y a Chalchiuhtlicue, diosa de las aguas terrestres. La pesca se practicaba al amanecer, aunque había pescadores solitarios que lo hacían en las horas vespertinas. Cuentan que, cierta tarde, uno de estos pescadores escuchó una especie de canto suave y misterioso; a través de las ligeras brumas del atardecer el hombre distinguió, sentada sobre un islote de raíces de tule, una mujer que cantaba y se acariciaba las trenzas.
El pescador estaba cautivado, pero el ensueño se torno espanto al advertir que, pese a los collares de flores acuáticas que adornaban su pecho desnudo, de la cintura para abajo no había piernas sino una reluciente piel de víbora negra. El grito del hombre provocó que ella se sumergiera en las tibias aguas de la laguna. En adelante siguió apareciendo por diferentes rumbos y riberas de “Las nueve aguas” Fue llamada tlanchana (atl : agua, chane: espíritu, duende o habitante). Algunos suponían que era la personificación de Chalchiuhtlicue, dueña y señora de las aguas, y desde sus canoas la invocaban para venerarla. La tlanchana emergía en ocasiones del manto acuático y de sus cabellos, hombros y cintura escurrían como desde una prodigiosa cascada todas las criaturas que tenían conversación con el agua: carpas, ranas, ajolotes, salmiches, pescados blancos, atepocates, tambulas y acociles. “Les entrego a mis hijitos”, cantaba La Tlanchana con un acento benigno. Pero también podía ser cosa mala, cuando buscaba marido: entonces se transfiguraba y aparecía por el nacimiento de los ríos en forma de mujer hermosa. No faltaba quien se fuera con ella; al aventurado nunca lo volvían a ver porque La Tlanchana lo arrastraba al fondo de las aguas, o a veces - dicen - se lo llevaba a las cuevas de los cerros cercanos y desde ahí descendían hasta los ríos subterráneos. Después de la conquista española, los frailes se enteraron de La Tlanchana, y aquella mitad de víbora negra les pareció asunto del demonio. Con el paso del tiempo la cola de víbora se transformó en cola de pez y La Tlanchana entonces se convirtió en sirena. La poderosa actividad acuática preservó las apariciones de la criatura durante siglos, pero el mito pareció extinguirse cuando “ las nueve aguas” se secaron. Fue la imaginación y la memoria de los hermanos alfareros de Metepec las únicas armas espirituales que hicieron perdurable la leyenda lacustre. Por eso, en honor de la dueña y señora de las aguas, se elaboran en Metepec sirenas de barro, para que no se acabe el mito, y para que prosiga; ahora yo se los cuento, tal y como me lo contaron los ancianos de mi pueblo. Marco Aurelio Chávez-Maya | |
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